MEMORIAS DE ÁFRICA
Año de Producción: 1985
Duración: 161´
FICHA TÉCNICA
Dirección Sydney Pollack
Guion Kurt Luedtke
Fotografía David Watkin
Música John Barry
Producción Sydney Pollack/Kim Jorgensen
INTERPRÉTES
Meryl Streep Karen
Robert Redford Denys
Klaus Maria Brandauer Bror
Michael Kitchen Berkeley
Malick Bowens Farah
Michael
Gough Delamere
Suzanna
Hamilton Felicity
SINOPSIS
A comienzos del Siglo XX Karen Blixen contrae matrimonio
de conveniencia con el Barón Blixen-Finecke, instalándose la pareja en una
plantación en Kenia. Atrapada en una tierra desconocida para ella a la que sin
embargo acabará amando y en un matrimonio completamente infeliz, la mujer
conocerá a un aventurero apasionado por la libertad de quien se enamorara perdidamente,
iniciándose entre ambos una relación movida por el amor y la pasión.
COMENTARIO
Además de ostentar una carrera como actriz que la ha
llevado a los altares como una de las intérpretes más grandes de la historia del
cine, Meryl Streep ha tenido la fortuna de protagonizar dos de las películas
románticas contemporáneas más reconocidas y celebradas por el público y la
crítica, abordándose además en ambos títulos el amor entre personajes maduros,
lejos de esa pasión juvenil mucho más tratada en el cine. Una sería Los puentes
de Madison, estrenada en 1995 y en la que compartiría pantalla con un Clint
Eastwood que dejaría de lado sus papeles de tipo duro inmisericorde para
encarnar a un hombre capaz de enamorarse y de sufrir por amor. Justo diez años
antes la actriz participaría en uno de los títulos más laureados de la década
de los ochenta, una de las películas más taquilleras del año y la gran
triunfadora de los Oscar de esa edición, haciéndose nada menos que con siete
estatuillas, entre ellos el de Mejor Película y Mejor Dirección. Y con Robert
Redford como el cincuenta por ciento de esta pareja encumbrada como paradigma
del amor en el cine. Y eso que ninguno de los dos eran los actores escogidos de
inicio para dar vida a los protagonistas de esta historia basada en el relato
autobiográfico de la auténtica Karen Blixen, una de esas personas que
contravendría los estándares de la época para vivir una vida lejos de los
estereotipos que se esperaban de una mujer como ella. Volviendo al casting
principal, en el caso de Streep no la veían lo suficientemente atractiva para
dar vida a la protagonista, en el caso de Redford su origen norteamericano no
encajaba con la nacionalidad británica de su personaje. En el primero de los
casos la actriz de El cazador (1978) se presentaría ante el director de la
película vestida con un atrevido conjunto y un llamativo escote para
convencerle de esta manera de que era la intérprete idónea para el papel, mientras
que en el caso de Redford la solución fue bastante más sencilla y menos curiosa,
decidiéndose cambiar el origen de su personaje. El resto es historia.
Y es que el director de la película, un Sidney Pollack,
director de películas como Danzad, danzad, malditos (1969), Las aventuras de
Jeremiah Johnson (1972) o La tapadera (1993) que venía del éxito que supuso
Totsie en 1982, ya había trabajado con Redford en cinco ocasiones anteriores,
por lo que no es de extrañar que el rubio actor se hiciera con un papel que
ansiaba Jeremy Irons y que, más allá de su acento u origen parecía escrito para
el intérprete de El jinete eléctrico (1979). Streep, quien si trabajaría de
manera concienzuda su acento para asemejarlo lo más posible al de la auténtica
Karen Blixen, conformaría junto a Redford una estupenda pareja cinematográfica,
una de las más recordadas de la historia del cine, compartiendo secuencias hoy
convertidas en paradigma cinematográfico como son el vuelo en avioneta atravesando
paisajes y bandadas de flamencos entre otros animales o el momento en el que el
personaje de él le lava el cabello de su enamorada junto al río, las cual
además no estuvo exenta de peligro por la proximidad a la zona de filmación de
un grupo de hipopótamos. Estas escenas deben mucho de su impronta a unas
localizaciones excelentes y que llevarían a filmar numeroso metraje de la
película en la misma Kenia, lo que si bien confiere a la película una enorme parte
de su alma y esencia, acarrearía numerosos problemas logísticos y de rodaje
debido al hecho de, por ejemplo, no poder utilizar armas de verdad durante la filmación
o no poder rodar con animales en libertad, lo que obligaría a exportar desde
Estados Unidos los leones necesarios para hacer frente a algunas de las escenas
de la película.
Pero si hay un elemento a destacar por encima de interpretaciones,
escenarios o historia y que conferiría a Memorias de África ese poso de película
clásica desde el mismo momento de su estreno, esa es la soberbia banda sonora
de un John Barry que, si bien no se encuentra de inicio entre los compositores
de cabecera dentro del cine de los ochenta, sería responsable en aquellos años de
la celebrada música de títulos tan reconocibles como Fuego en el cuerpo (1981),
Cotton Club (1984) o las películas de la saga Bond dirigidas por John Glen, y
que daría el pistoletazo de salida a los noventa con nada menos que la partitura
musical de Bailando con lobos (1990). Y es que hablar de la banda sonora de
Memorias de África es hablar de una de las bandas sonoras más reconocibles,
importantes y emotivas de la historia del cine, con un tema central que todo el
mundo conoce independientemente de que haya visto o no la película, y que es
impensable no ligar a muchas de esas escenas icónicas brindadas por esta. Y es
que, que esta historia de amor imposible pero apasionada pudiera quedar grabada
a fuego en toda una generación de espectadores es gracias a una música que
logra emocionar con solo oír sus primeros acordes, llegando a subyugar toda vez
llega su leit motive central.
Por todo ello es difícil no encontrar a alguien criado en
la década de los ochenta que no conozca Memorias de África, independientemente
la haya visto o no, traspasando la película ese umbral que separa los grandes
títulos de los iconos ochenteros que todo el mundo sitúa. Porque es posible que
si empiezas esta frase muchos sepan a qué te estás refiriendo: “Yo tenía una
granja en África, al pie de las colinas del Ngong”.





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