lunes, 16 de marzo de 2026

18. MEMORIAS DE ÁFRICA

MEMORIAS DE ÁFRICA

 

Año de Producción: 1985

Duración: 161´

FICHA TÉCNICA

 

Dirección                     Sydney Pollack

Guion                          Kurt Luedtke

Fotografía                   David Watkin

Música                        John Barry

Producción                 Sydney Pollack/Kim Jorgensen

INTERPRÉTES

Meryl Streep                           Karen 

Robert Redford                       Denys

Klaus Maria Brandauer          Bror

Michael Kitchen                      Berkeley

Malick Bowens                       Farah             

Michael Gough                       Delamere

Suzanna Hamilton                  Felicity           

 

SINOPSIS

A comienzos del Siglo XX Karen Blixen contrae matrimonio de conveniencia con el Barón Blixen-Finecke, instalándose la pareja en una plantación en Kenia. Atrapada en una tierra desconocida para ella a la que sin embargo acabará amando y en un matrimonio completamente infeliz, la mujer conocerá a un aventurero apasionado por la libertad de quien se enamorara perdidamente, iniciándose entre ambos una relación movida por el amor y la pasión.

COMENTARIO

Además de ostentar una carrera como actriz que la ha llevado a los altares como una de las intérpretes más grandes de la historia del cine, Meryl Streep ha tenido la fortuna de protagonizar dos de las películas románticas contemporáneas más reconocidas y celebradas por el público y la crítica, abordándose además en ambos títulos el amor entre personajes maduros, lejos de esa pasión juvenil mucho más tratada en el cine. Una sería Los puentes de Madison, estrenada en 1995 y en la que compartiría pantalla con un Clint Eastwood que dejaría de lado sus papeles de tipo duro inmisericorde para encarnar a un hombre capaz de enamorarse y de sufrir por amor. Justo diez años antes la actriz participaría en uno de los títulos más laureados de la década de los ochenta, una de las películas más taquilleras del año y la gran triunfadora de los Oscar de esa edición, haciéndose nada menos que con siete estatuillas, entre ellos el de Mejor Película y Mejor Dirección. Y con Robert Redford como el cincuenta por ciento de esta pareja encumbrada como paradigma del amor en el cine. Y eso que ninguno de los dos eran los actores escogidos de inicio para dar vida a los protagonistas de esta historia basada en el relato autobiográfico de la auténtica Karen Blixen, una de esas personas que contravendría los estándares de la época para vivir una vida lejos de los estereotipos que se esperaban de una mujer como ella. Volviendo al casting principal, en el caso de Streep no la veían lo suficientemente atractiva para dar vida a la protagonista, en el caso de Redford su origen norteamericano no encajaba con la nacionalidad británica de su personaje. En el primero de los casos la actriz de El cazador (1978) se presentaría ante el director de la película vestida con un atrevido conjunto y un llamativo escote para convencerle de esta manera de que era la intérprete idónea para el papel, mientras que en el caso de Redford la solución fue bastante más sencilla y menos curiosa, decidiéndose cambiar el origen de su personaje. El resto es historia.    

Y es que el director de la película, un Sidney Pollack, director de películas como Danzad, danzad, malditos (1969), Las aventuras de Jeremiah Johnson (1972) o La tapadera (1993) que venía del éxito que supuso Totsie en 1982, ya había trabajado con Redford en cinco ocasiones anteriores, por lo que no es de extrañar que el rubio actor se hiciera con un papel que ansiaba Jeremy Irons y que, más allá de su acento u origen parecía escrito para el intérprete de El jinete eléctrico (1979). Streep, quien si trabajaría de manera concienzuda su acento para asemejarlo lo más posible al de la auténtica Karen Blixen, conformaría junto a Redford una estupenda pareja cinematográfica, una de las más recordadas de la historia del cine, compartiendo secuencias hoy convertidas en paradigma cinematográfico como son el vuelo en avioneta atravesando paisajes y bandadas de flamencos entre otros animales o el momento en el que el personaje de él le lava el cabello de su enamorada junto al río, las cual además no estuvo exenta de peligro por la proximidad a la zona de filmación de un grupo de hipopótamos. Estas escenas deben mucho de su impronta a unas localizaciones excelentes y que llevarían a filmar numeroso metraje de la película en la misma Kenia, lo que si bien confiere a la película una enorme parte de su alma y esencia, acarrearía numerosos problemas logísticos y de rodaje debido al hecho de, por ejemplo, no poder utilizar armas de verdad durante la filmación o no poder rodar con animales en libertad, lo que obligaría a exportar desde Estados Unidos los leones necesarios para hacer frente a algunas de las escenas de la película.

Pero si hay un elemento a destacar por encima de interpretaciones, escenarios o historia y que conferiría a Memorias de África ese poso de película clásica desde el mismo momento de su estreno, esa es la soberbia banda sonora de un John Barry que, si bien no se encuentra de inicio entre los compositores de cabecera dentro del cine de los ochenta, sería responsable en aquellos años de la celebrada música de títulos tan reconocibles como Fuego en el cuerpo (1981), Cotton Club (1984) o las películas de la saga Bond dirigidas por John Glen, y que daría el pistoletazo de salida a los noventa con nada menos que la partitura musical de Bailando con lobos (1990). Y es que hablar de la banda sonora de Memorias de África es hablar de una de las bandas sonoras más reconocibles, importantes y emotivas de la historia del cine, con un tema central que todo el mundo conoce independientemente de que haya visto o no la película, y que es impensable no ligar a muchas de esas escenas icónicas brindadas por esta. Y es que, que esta historia de amor imposible pero apasionada pudiera quedar grabada a fuego en toda una generación de espectadores es gracias a una música que logra emocionar con solo oír sus primeros acordes, llegando a subyugar toda vez llega su leit motive central.

 

Por todo ello es difícil no encontrar a alguien criado en la década de los ochenta que no conozca Memorias de África, independientemente la haya visto o no, traspasando la película ese umbral que separa los grandes títulos de los iconos ochenteros que todo el mundo sitúa. Porque es posible que si empiezas esta frase muchos sepan a qué te estás refiriendo: “Yo tenía una granja en África, al pie de las colinas del Ngong”.

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